domingo, 6 de julio de 2008

ANGELES


Anoche, tras una buena cena con buena compañía, llegó el momento de tomar un refrigerio, copichuela, fresquito, cubata, copa, o como quieras llamarlo. Nosotros lo llamamos "mojito", por sus ingredientes y porque, al fin y al cabo, es lo que era. Una terraza veraniega y vistas al mar de transeúntes que a aquellas horas abarrotaban el paseo. Me llamó la atención un hombre algo mayor, que paseaba con un chico abrazado a él. El chico en cuestión tenía el síndrome de Down. Y me dije a mí mismo: ya tengo entrada para mañana. También se lo dije a mi acompañante, para así asegurarme que iba a cumplir mi palabra. Y porque algo tenía que decir, que estaba muy callado. La cuestión es que me recordó la que posiblemente sea la experiencia mas impactante que he tenido. Como veréis, soy muy sencillo y poco dado a las experiencias. Hace unos años fui por motivos de trabajo a un colegio de un pueblo de mi provincia. Charlar con los profesores y director del colegio y hacer unas gestiones. Aquello estaba, como es normal, lleno de chiquillos y chiquillas por todas partes. Los niños, esos seres tan extraños y dignos de un estudio sociológico. Hasta ahí todo normal, se nos acercaban y nos rodeaban, con la natural curiosidad de los niños ante unos extraños. Uno de estos niños, con síndrome de Down, se me aferró a una pierna, lo que hizo que me percatase de su presencia. Lo miré y le acaricié la cabeza, pero no me soltó. Me solté yo y me agaché para ponerme a su altura y hacerle alguna carantoña. Inmediatamente me tropecé con unos ojos inmensamente llenos de ternura, con una mirada infinitamente sincera y que desprendía un cariño pocas veces visto. El niño me rodeó el cuello y yo, por supuesto, lo cogí en brazos. Los profesores diciendo al niño que no molestase al señor. El señor (yo) diciendo a los profesores que para nada era molestia, todo lo contrario. El niño me acariciaba la perilla, se ve que le llamaba la atención, y sonreía. Así estuve un rato con el niño en brazos, haciéndole carantoñas, mientras acabamos las entrevistas que teníamos con los profesores. Me costó despedirme del niño, apartarme de tanta ternura y tanto cariño. Aquella experiencia me marcó profundamente y entendí a los padres de niños con el síndrome de Down cuando dicen que es una bendición, que no han podido ser mas afortunados.
Hace tiempo leí en el blog de mi amigo y sin embarco compañero Martí, cuyo enlace está mas abajo, una historia que hablaba de ángeles caídos en la tierra, de enviados de Dios para promover el amor entre las personas. Decía que, para diferenciarlos del resto de los hombres y mujeres, les había puesto diversas características que los "normales" consideramos como disminuciones físicas o psíquicas; una de estas características era la típica cara que se corresponde con las personas que tienen el síndrome de Down. Yo me considero ateo convencido y practicante pero, en el "suponido" de que existan los ángeles, no me cabe la menor duda que esa historia es cierta.

Frase del día: "escribo porque así­ todo el mundo sabe lo que pienso pero nadie entiende lo que siento. El verdadero abismo de las palabras se esconde tras los ojos que me leen"

1 comentario:

Javier Martínez dijo...

Gracias por la mención que haces de mi comentario en el blog, espero que gente como tú y alguna más que sin embargo se esconden tras su profundo egoísmo comprendan que hay gente que aunque la vida no les haya sido galardonada con el Oscar de la perfección y presenten alguna discapacidad, siguen siendo personas normales y dignas de millones de elogios, son esas cosas de las que los llamados "normales" no se dan cuenta, pues no se ven, y son cosas como la bondad, la inocencia, el cariño, la amistad, el afán de superación, el enfrentarse a mil y un obstáculos que les ponemos los que nos hacemos llamar "normales", y que puestos en sus pellejos, veríamos a ver quien es más normal. En fin no quiero darte la vara, pues creo que captaste el mensaje en su más extensa concepción.Bienvenido al club, amigo y compañero de fatigas.